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martes, 13 de enero de 2009

Posturas frente a la infidelidad

- Yo no perdonaría una infidelidad jamás, me parece lo más cagado. ¿Para qué estás con alguien entonces?
- (Silencio)
Pero es que hay distintos contextos y situaciones…
-
Igual es cagado, yo no lo perdonaría.
- Pero… si tanto repudias eso, ¿por qué me perdonaste?
- Porque lo tuyo fue diferente.
- Eso mismo es lo que te estoy diciendo.
- Lo tuyo fue solo un beso. Eso puedo perdonar, pero tirarte a otro ya me parece recontra cagado. Ahí nica perdono nada.
- (Pienso: a mi me jodería por igual sea un beso o un tire… creo)

-
No sé si hay formas de justificar una infidelidad realmente.... pero tú eres para mí el motivo justificadísimo, por el que nunca me sentiría culpable ni nada. De hecho no es lo ideal, pero sé que sería así.
- Te lo aseguro que no me sentiría siendo infiel tampoco, es algo tan pero tan extraño contigo.

- (Chillando y golpeando las paredes de un baño público)
¡¡¿Por qué?!! Por qué ha tenido que ser tan hijo de puta
(4 años después)
- Sé que es un poco tarde para decirlo, pero en serio discúlpame por todo lo que te hice pasar. Y créeme que el tiempo y las cosas que me han pasado se han encargado en írmelas pagando. De verdad.

-
¿Aló?... sí…. sí…
(Me alcanza su celular)
-
Están preguntando por ti.

-
Yo bien clarito le dije: Sí, acepto… pero si me entero de una, UNA sola sacada de vuelta, te vas de patitas a la calle.
- (Prendiendo el décimo pucho y con voz quebrada)
Ustedes saben que las cosas con su mamá ya no estaban bien.
-
Es que… hubiera preferido quedarme con él que quedarme así, sola. Tú puedes decir lo que quieras, pero no sabes lo jodido que es quedarte vieja y sin nadie al lado.

Ahora que me pongo a pensar al tipear estas cosas por las que he pasado, en resumidito... me doy cuenta de que hay algunas cosas que uno no aprende -o no quiere aprender-, ni por experiencia propia ni por aprendizaje vicario. Supongo que las personas somos así, tercas. Y a la hora de la hora, adoptamos posturas según las circunstancias.

No me gusta relativizar, pero hay casos en que es inevitable hacerlo. Yo hace 6 años no pude perdonarle la infidelidad a mi primer enamorado, tampoco hace 12 a mi papá. Pero ahora, ya los he perdonado a ambos. Porque a pesar de todo lo mal que me hicieron sentir en su momento, ahora viendolo en retrospectiva me doy cuenta de que vivir eso me hizo más fuerte y realista.

Yo jamás pensé hacerle lo mismo a alguien, y lo peor: siendo descubierta. "Dicen" que me han perdonado. No estoy tan segura si es así o si solo trata de evitar sus sentimientos sobre el tema, diciendome que ya pasó.

En fin... ¿aún sigues con tu resolución Rafaelita?

domingo, 11 de enero de 2009

De la infidelidad y otros demonios

Conocí a mis mujeres en Letras, una época que ahora a mis 25 años ya se pinta como lejana y por supuesto feliz, porque como corresponde al espíritu humano: todo tiempo pasado por irrepetible, siempre será feliz. De cualquier manera nos conocimos hace ya 8 años y el hecho es que hemos sido grandes amigas desde entonces.

Lo que nos unió y supongo que nos unirá siempre han sido las largas y clásicas conversaciones con vocación de trascendencia en una de las cafeterías de la universidad. Nada fuera de lo común: muchos cigarros y café con bastante azúcar. Debo confesar que en mi caso tomaba café más por no desentonar que porque me gustase en realidad. Ahora, consciente de la importancia que tiene la originalidad en estos tiempos, tomo manzanilla. Ninguna de nosotras ha podido dejar el cigarro, sin embargo haciéndole caso a la vocecita maternal del Ayahuasca estoy intentando dejarlo. Frankie, en cambio, nunca fumó demasiado.. y es que Frankie nunca necesitó un vicio demasiado, vale la pena aclarar que, en su caso, el sexo no es considerado un vicio. Es curioso, pero a veces pienso que si mi adorada Frankie tuviera un vicio como el cigarro, las drogas o el alcohol, sus relaciones amorosas serían mucho más intensas y tal vez de ese modo podría encontrar la pasión desesperada que tanto anhela. Hoy, hablo de Frankie, porque quiero hablar de la infidelidad y además… porque siempre hablo de Frankie que es innegablemente mi amiga más fiel.

Mi tan querida Frankie me mostró, con el ejemplo, que la infidelidad en una pareja puede ser algo tan sórdido y despreciable que hasta hace algún tiempo me sentía un poquito orgullosa de haber sido siempre fiel. Claro, Frankie ha engañado a algunos hombres en su vida que seguramente no se lo merecían, y los ha engañado de manera traicionera y diría que casi nunca por azar. Yo como ya dije, no he sido infiel…de pura casualidad. No es porque que yo este verdaderamente enamorada y que Frankie no lo haya estado como ella alguna vez quiso creer, tampoco es que ella simplemente siga sus instintos salvajes y yo los reprima permanentemente cual mujer moralista y adecentada. Dios, que posiblemente no exista, sabe que no es así.

Entonces me pregunto ahora ¿porque no he sido infiel?, por amor esta visto que no. La mayoría de hombres que conozco dice que ser infiel no significa siempre falta de amor hacia la mujer engañada y debo aceptar que lamentablemente coincido con ellos. Si acepto pues, que es posible que yo siga enamorada, y sin embargo sea infiel ¿por que no lo he hecho?, por falta de ganas debo decir que tampoco ha sido, aunque debo admitir que nunca ha habido un exceso de ellas.

Simplemente no pasó, mi destino no era ser infiel y así lo acepté. Sin embargo, en los últimos meses la idea de estar toda la vida con una sola persona me vuelve loca, me parece poco sana, tan inventada, tan gringa. Es por eso que después de meses de pensarlo he llegado a la conclusión de que la única forma de que la relación que tengo sea eterna es la Infidelidad.

HE DECIDIDO SER INFIEL, yo no decidí enamorarme porque el amor no se elige, pero el engaño sí. Ahora, no se bien cuando ni con quien, tampoco sé si se lo confesaré a mi novio, no sé por último si le perdonaría a él una infidelidad así haya sido como en mi caso por el bien de nuestra relación, pero la decisión... esta tomada.

La salidita del jueves

La historia con J* empezó unos cinco años atrás, cuando llevaba mis primeras clases en facultad y nacían en mí los primeros visos de lo que hoy asumo plenamente como coquetería. Cuando conocí a J no fue difícil darse cuenta de lo bien que nos llevábamos, él es un chico bastante inteligente y existía una química amical innegable, pero hasta ahí. Una tarde, luego de unas chelas y cuando yo aún vestía la inmaculada túnica de la virginidad, J me propuso hacerme unos “masajitos” en su auto. A pesar de las habilidades que tenía en el campo de la coquetería, nunca pensé que alguien fuera a tomar en serio mis señales incipientes de sexualidad, así q cuando salió esta propuesta, quedé completamente desconcertada, y prácticamente salí corriendo de la situación. A pesar de ello, J y yo supimos hacer a un lado el poco afortunado episodio, y seguimos siendo muy buenos patas.

Un par de años después, J viajó al extranjero, se enamoró perdidamente y se casó. Siempre admiré cómo el destino se había confabulado para que J y su esposa se encontraran en el mundo y fueran tan asquerosamente felices, hasta un poquito de envidia (“de la sana”, como dicen todos) llegué a sentir. Actualmente reside en Europa y nos hemos seguido comunicando por el msn, al que por cierto, debemos la mayor parte de la consolidación de nuestra amistad. Con J puedo hablar de todo y de todos. La semana pasada regresó a Perú y fue la primera vez que lo vi luego de que emigrara. Salimos a bailar y la pasamos super bien.

Esa madrugada, luego de varias salsas y perreos culipanderos con pasitos de la calle 8, pero sin chape de por medio ni acercamientos que hubiesen anunciado el acontecimiento de la noche, J me propuso ir a un telo. Fue bastante raro, aunque curiosamente no fue incómodo. Con la confianza que siempre hemos tenido, abordamos en tema casi de forma excesivamente racional: que si su estado civil, que si el mío, que la situación hormonal mía, las causas, efectos, pro y contras de revolcarnos un ratito y seguir con nuestra amistad así, normalito no más. Los minutos habían pasado y yo tenía q volver a casa. Chapé mi taxi (que fue, ciertamente, el único chape de la noche) y enrumbé a casa.

Aquel día, me quedé pensando más que nunca en el tema que me ha estado dando vueltas por la cabeza hace varios meses:¿los deseos hacia el prójimo, que no es el novio próximo, además de ser “naturales”, son “legítimos”?.

Todo empezó con una conversación con A, un tipo que nunca me pareció particularmente listo, pero que una noche me planteó una pregunta medianamente inteligente, con una respuesta asombrosamente inteligente:
-Tú te imaginas tirando toda la vida con una misma persona?
- Sí…mmm…sí
- Yo no, yo me imagino enamorado toda la vida de una misma persona, pero tirando sólo con una, ni cagando.

Luego de mi respuesta vomitada casi casi por inercia, me puse a pensar seriamente en el asunto y llegué a la siguiente conclusión (ojo, aplicable casuísticamente a mí): No sé si pueda tirar toda la vida con un mismo hombre, pero la próxima vez que emprenda una relación sentimental quiero estar tan, tan templada de él que, por lo menos, quiera intentarlo con convicción.

Cuando J me propuso ir al telo, muchas de mis creencias tambalearon. ¿Cómo era que J, que estaba perdidamente enamorado de su esposa -que es por cierto, guapísima-, a quien amaba tanto que se había casado con ella poco antes de cumplir el año de conocerla, cómo él, que me había hablado miles de veces de lo feliz que era y de cómo se comprendían casi de modo sobrenatural con ella; cómo él… ÉL!!!!, había considerado la infidelidad? Si para él, cuya relación era prácticamente un cuento de hadas, la infidelidad era una opción... ¿qué michi quedaba para el resto de los simples mortales?

La explicación que provisionalmente le di al asunto fue: creo que J pensó que entre él y yo, luego del episodio del auto, había quedado algo pendiente. Sin embargo, honestamente no creo haber sido la única chica a la que J se lo ha propuesto luego de casarse.

Desde la conversa con A, me he cuestionado seriamente el tema de la de fidelidad de por vida; de hecho me encanta la idea de estar enamorada de alguien a tal punto que sienta que no necesito nada más por el resto de mi vida, ¿pero es eso realmente posible? ¿La resistencia a la necesidad “natural” de conquista que tenemos algunos puede desplegarse de por vida si estás realmente enamorada(o) o los más decididos esfuerzos por no declinar ante la tentación tienen indefectiblemente un punto de quiebre?

Todo este tema me obliga a pensar en la contrapartida del asunto: si tu parejo(a) tiene un “desliz” no debería ser juzgado con el mismo grado de flexibilidad con la que a uno le provoca bailar el reguetón más impúdico de tego calderón con terceros? El asunto sigue siendo una joda para mí, sobre todo porque hace algunos años, mi respuesta hubiese sido un tajante “no pues, si te pone los cachos es que no te quiere lo suficiente como para aguantarse las ganas de chaparse o levantarse a otra, entonces, se acabó”, en cambio ahora, me encuentro disertando conmigo misma y con mis mujercitas sobre lo relativo de esta posición, porque al parecer, mientras más viejas nos hacemos, más se nos abren los ojos frente a la realidad humana, y esto me inquieta sobremanera porque yo soy humana…demasiado humana.
* En la foto con J, ambos con colorinches en el torso :)